Tonterías
La salida de la Luna llena

Hay momentos enigmáticos en los que uno saca un as de la manga sin saber que lo tenía. ¿Cómo fue que se me ocurrió aquello? ¿Cómo hice para reaccionar tan rápidamente? Con el tiempo uno aprende a no hacerse esas preguntas y disfrutar del momento.

A mí me pasó en Tilcara, un pueblo mágico del norte argentino. Suspendido en el tiempo con una belleza especial. Suavemente recostada sobre una sierra de la cordillera y flanqueada por un río milenario. Durante el día es un placer caminar sus callecitas humildes de casas centenarias y durante la noche se llena de sonidos maravillosos: la música se escapa de sus peñas que sueltan los caprichosos rasgueos de los charangos, las melodías sabias de los sikus y los rezongos antiguos de algún erque.

Yo paseaba con la dama que supe conquistar y ambos estábamos embelesados por el lugar y por el momento. Las noches eran cálidas y los cielos espectaculares. Desde hacía varias tardes que veníamos relojeando las salidas de la Luna, cada vez más redonda, más imponente. Se acercaba la noche de una salida de Luna llena que juramos no perdérnosla porque habría sido un pecado mortal.

Pero la noche indicada, a la salida de un boliche, la vimos más redonda que nunca aunque uno o dos dedos sobre el horizonte recortado de la sierra, surcando ya el cielo con irrenunciable determinación, sin posibilidad de una marcha atrás. La oportunidad irrepetible de presenciar esa salida se había esfumado por negligente distracción. -Shit! -puteó ella-... qué pena, nos perdimos la salida.

Fue en ese momento en que ocurrió el milagro. En un rapto inexplicable de un microsegundo me llegó la inspiración. ¿Fue un susurro de Euclides?: hacelo pibe, es una pavada y quedás como un duque, es el teorema más sencillo, vas a ver que funciona.

-¿Querés que veamos la salida de la Luna llena? -Le pregunté.

-¿Cuál, la de mañana?

-No, ésta, la llena llena, la de hoy.

-¡Pero si ya salió!

-Yo puedo hacer que vuelva a salir, y sólo para vos. Pero tenés que confiar en mí.

La dama sonrió indulgente, sin entender por dónde venía la broma.

-Creeme -insistí-. Tenés que confiar en mí y hacer lo que te pida.

Ella asintió divertida, y a partir de ahí se precipitaron los hechos.

-Seguime. No hace falta correr, pero tenemos que movernos rápido-. Caminamos a prisa unas tres cuadras en dirección a las sierras. Pasamos por la plaza central, indiferente, y nos alejamos una cuadra más, hasta la iglesia. Eso ya era casi un suburbio, casi las afueras de Tilcara. Nos sentamos en un banco de una plazoleta. Nos llegaban los acordes lejanos de una música melodiosa y miramos al cielo. La Luna ya no estaba, había dado marcha atrás, había vuelto a esconderse. Nos miramos sonrientes conscientes de que ella ya había entendido la geometría del truco, que en realidad no era ningún truco... y aguardamos callados la nueva salida de la Luna llena.

Fue la más hermosa que vi en mi vida. Más lenta que siempre, nos regaló su aparición majestuosa, fantasmal... Su círculo escarpado, perfecto, su brillo cálido, amarillento, mordida por abajo con la negrura insondable de la sierra que parecía no querer dejarla escapar, su halo de claridad, tan sutil como su movimiento. Volvimos a mirarnos. Nos faltaba el aliento.

Es probable -tan solo probable- que ella nunca olvide que hubo una vez un hombre que fue capaz de hacer salir a la Luna sólo para ella. Pero es seguro, e irrevocable, que yo nunca olvidaré aquel brillo de sus ojos.

Algunos derechos reservados. Se permite su reproducción citando la fuente. Última actualización sep-15. Buenos Aires, Argentina.